En 1988, la Fox, comercializó la película Big, dirigida
por Penny Marshall, con guión de Gary Ross y Anne Spielberg,
protagonizada por un jovencísimo Tom Hanks y Elizabeth Perkings.
Resumida muy brevemente, la película nos narra las vicisitudes
de un adolescente que (gracias a la magia), entra en el cuerpo de un
adulto (Tom Hanks). Tras varias circunstancias, nuestro joven adulto se
convierte en el product mánager de éxito de una gran
multinacional del juguete. Es especialmente brillante (ver vídeo, 2,59´) la escena
donde se presenta el plan para el lanzamiento de un nuevo juguete
al propietario y el comité de producto de la multinacional. Este corte
de la película lo utilizo en mis conferencias para tratar la
diferencia entre marketing e innovación, una cuestión especialmente
polémica para la definición de territorios profesionales. La primera vez que vi la película fue en 1990, por aquel entonces
estábamos colaborando con la empresa Famosa,
desarrollando parte de la gama Pyn y
Pon; proyecto con el que nos introducimos en el mundo infantil y del
juguete, reflejado después con más de 8 años de colaboración
estratégica con Imaginarium. La película, más allá de su lectura familiar, me causó un gran
impacto por los conceptos profesionales que lanzó. Aún hoy los tengo
muy presentes en mi trabajo. La fecha de producción de la película no es banal, en 1988
los Estados Unidos sufrían en pleno el impacto de la economía japonesa;
por primera vez tras la Segunda Guerra mundial, su industria se
encontraba sumergida en una crisis. La secuencia nos
muestra una potente multinacional (al uso) norteamericana centrada en el
mercado de los juguetes; la empresa (basada en una gestión comercial y
de marketing), es una máquina de lanzar conceptos de producto, en base a
estudios y penetración de mercado, incrementos de venta, etc. Los profesionales (excepto el propietario) que en ella se muestran
han perdido el “alma” del negocio, han olvidado su misión centrándose en
una gestión fría y eficiente. Ese es el origen de dicha crisis; la
industria ha perdido el “alma” fruto de la excesiva mercadotecnia y
racionalización, creando productos poco enfocados a las necesidades del
usuario. Este factor fue muy bien utilizado por la industria japonesa, donde
encontró la vía de entrada al mercado americano y la vulnerabilidad de
sus productos y servicios. Sectores como la automoción,
electrodomésticos, alta fidelidad, empezaron de este modo a definir su
liderazgo mundial. Por primera vez nos encontramos ante el divorcio
empresa/usuario; nos enfrentamos a una crisis de valor. La
situación que hoy vivimos de crisis, reducción de mercados, competencias
de economías emergentes, etc. es muy parecida a la reflejada en la
película. Siguiendo con el análisis de la escena, vemos como
los contundentes argumentos de la mercadotecnia son desmontados por el
protagonista Josh Baskin (Tom Hanks) con un inocente “no lo
entiendo” fruto de la mentalidad de usuario (Josh es en
realidad un niño). Frente a la incomprensión del usuario, los
argumentos de venta presentan su falta de valor y el concepto es
cuestionado. Es en este momento cuando la escena se desarrolla de un modo
magistral; el usuario tras la exposición al concepto (no
consultado) muestra su incomprensión frente al valor propuesto;
la reacción desencadena una respuesta profesional de los asistentes al
comité de producto, centrando el concepto inicial en aquellos valores
legitimados de producto, calidad y nivel de juego (de estático
a convertible, de edificio a robot), adecuación a la
circunstancia social y factor de modernidad (de robot a pulga). En resumen, una vuelta a los valores originales del sector y
producto, puestos de nuevo en valor mediante un claro ejercicio
de innovación en concepto y atributos de producto. (no en modelo de
negocio) Vemos también que la respuesta a la dictadura del mercado y el corsé
de la organización es la vuelta a la sorpresa y a las oportunidades que
la evolución social y cultural (en el caso de la escena) provoca.
También refleja una de las características más complejas de la industria
juguetera, musical o del ocio: La falta de consolidación
histórica; de nada sirve haber sido el mejor en el pasado, si no somos
capaces de sorprender día a día al usuario enfocándonos en el valor real
de los productos y servicios. Circunstancia que hoy se refleja
en la mayoría de sectores. El consumidor no entiende de tecnologías, estrategias de marketing o
modelos de negocio. Entiende (y busca) buenas experiencias de uso y de
la relación valor precio. Utilizar correctamente la innovación y
marketing es una pieza fundamental para la competitividad: Discriminar
las filosofías de cada una de ellas, acotar las metodologías que nos
proponen y seleccionar correctamente cada una de sus herramientas en
base al foco del problema es la clave a una correcta respuesta. Los mercados están llenos de productos y servicios frutos de una
incorrecta priorización entre la innovación y el marketing, de hacer de
una herramienta (observación del usuario) una filosofía de trabajo y de
no discriminar el mejor método para cada problema.
Comentarios