
El domingo pasado regresé de Méjico DF, después de haber
pasado 16 días en esta bonita, acogedora y caótica ciudad (no sé
en que proporción cualquiera de las tres), por motivos de trabajo. El servicio de taxis ha formado parte de mi vida
y experiencia allí.
El primer día que cogí uno, lo hice en la parada oficial que
tenían en el hotel. En ese aspecto estaba encantada, porque coger un taxi en Méjico
en mitad de la ciudad es una aventura. Primero tienes que saber cuál coger… No
todos valen, no todos tienen licencia, no todos se saben los caminos para
llegar…
Como os comentaba, cogí el taxi y le indiqué al taxista el sitio a dónde
iba. Me dijo que sin problemas, pero el caso es que me llevó a otra parte, una
calle con igual nombre, pero en otra colonia de Méjico. Una vez que le dije al
taxista que el barrio no tenía pinta de tener oficinas, me preguntó que en qué
Colonia era y entonces es cuando me dijo que “en Méjico, hay calles con nombres
iguales, pero que las colonias las hacían diferenciarse…” También os digo que
una hora antes habíamos hablado en el hotel con él y le habíamos indicado el
sitio exacto(con colonia incluída) y, al
parecer, se le había olvidado.
Pero, mi aventura con este taxista no acabó allí, porque
como se equivocó de colonia, no tuvo problema en dar “marcha atrás tres calles
conmigo dentro”, porque “vete tú a saber si lo hacemos por los procedimientos
habituales, es decir, como manda el reglamento de conducción, en qué calle
salimos”. Yo no daba crédito a lo que estaba viviendo y le decía al taxista: “Oiga,
pero Vd. no se da cuenta de que vamos marcha atrás, que nos vamos a matar o
vamos a pillar a alguien", y él ni se inmutaba… Al final opté por dejar de
quejarme y actuar como guardia de la circulación, es decir, diciéndole “ahora puede pasar,
pare que viene un coche, tenga cuidado con ese hombre que pasa por la calle, etc, etc.” Al final, llegué a mi
destino.
Por las noches, cuando acababa mi clase comenzaba la odisea
de nuevo, llamábamos desde la empresa y pedíamos un taxi, pero dependiendo del taxista que viniera,
unas veces te ponía el taxímetro, otras veces “se sacaban una tarifa mínima de
la manga”, otras veces venían, pero no sabían llevarme al hotel y decían que
les indicaras tú, que ellos no sabían y, así, un largo etcétera.
A todo esto, en la empresa me preguntaban qué tal por Méjico
y yo les decía que todo fenomenal pero que los taxistas me querían timar a la
menor de cambio. Además, les contaba que lo que más me sorprendía es que no se
supieran los caminos para llegar a los sitios y un día un alumno me dijo. “Aquí,
el que es filósofo y no puede ejercer, se mete a taxista y así andamos…”
Pues sí, así he andado 16 días, anodada por el servicio de
taxis en Méjico y por cómo conducían en la calle, donde impera la Ley del más
fuerte. Eso sí, los frenos los llevan a punto…¡Menos mal ;:-)!
¡Y, luego nos quejamos de los taxistas en España! ¡Que no, que en España son unos verdaderos profesionales, de verdad :-)!
Mar, no pongo en duda que los taxistas en España sean todo unos profesionales, aunque no por comparación con lo que ocurre en Méjico. Por lo que nos cuentas creo que no hay comparación posible. ¡Menuda odisea has vivido!
Totalmente, Poli, no hay comparación. De verdad hay que vivirlo para creerlo. Además, cuando ya empiezas a cogerle el ritmillo y te antepones a sus timos, siempre sale uno que te sorprende con uno nuevo :-). Efectivamente, es toda una odisea.
¡Ja, ja, ja, Mar! Perdona que me ría, pero es que lo cuentas de una manera muy graciosa (menos mal que los apuros que uno pasa en un momento se vuelven anécdotas después). ¡Espero que allí no te expresaras con la palabra "coger"! Te habrían mirado un poco raro...