El informe trimestral del Banco de España estima que la economía acabó creciendo en 2010 un 0,6 por ciento en términos interanuales, y, aunque en la media del año todavía cayó un 0,1 por ciento, este resultado –que tendrá que confirmar el INE- es mejor que el previsto por casi todos los analistas, incluidos los del Gobierno. Las perspectivas de salida de la crisis mejoran por tanto pero no lo suficiente para esperar que se pueda crear empleo hasta bien entrado el año próximo. Aun así, un estudio del BBVA sostiene que excluyendo el sector de la construcción, el resto del aparato productivo puede generar empleo neto a partir de un alza del PIB del 1 por ciento, algo que sí sucederá en el presente año. La previsión oficial es que avance el 1,3 por ciento y muchos expertos estiman ahora posible alcanzar este crecimiento e incluso superarlo. Las esperanzas se centran en el avance de las exportaciones, debido en gran parte a la vigorosa recuperación de algunos países europeos, con Alemania a la cabeza, y de economías emergentes de Asia y Latinoamérica. Pero lo novedoso es que las exportaciones están sacándonos de la recesión sin devaluaciones competitivas, como sucedió en las crisis de los ochenta y noventa. Parece que el durísimo ajuste, primero en el sector privado pero también ahora en el público, está dando frutos. Cuando en junio se anunciaron las primeras medidas restrictivas del gasto público, muchos anunciaron una mayor depresión y lo estimado ahora por el Banco de España parece indicar que ha sucedido lo contrario.
Estos datos son además un acicate para continuar y profundizar en las reformas. Si el Gobierno de Rodríguez Zapatero llega a acometer la que está ahora sobre el tapete -la indexación de los salarios a la productividad y no al IPC- sería asumir la mayor deslealtad a sus raíces ideológicas, más incluso que con los recortes del gasto social y de las pensiones. Pero nuevamente tendrá que elegir entre “contentar” a Angela Merkel para que amplíe el fondo de rescate europeo y a los inversores en deuda, o bien a los sindicatos y a sus bases sociales para que no sigan huyendo ante las próximas citas electorales. Tal vez termine imponiéndose la primera opción, pero por una cuestión de lógica económica pues ligar salarios a inflación ha supuesto que los sueldos reales no hayan crecido nada en los últimos diez años, y ello porque tampoco ha crecido la productividad. Invertir los términos sí que sería cambiar el modelo de crecimiento.
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