
Metidos de lleno en la sociedad hipermoderna, caracterizada por la exaltación de la competición económica, de la evolución tecnológica y del individualismo paroxístico, parece que estamos atrapados en un presente sin mañana, condenados a correr angustiadamente más de prisa sin siquiera saber hacia dónde.
Resulta cada vez más difícil ser humano, si se admite que nos diferenciamos de otros animales por nuestra capacidad a pensar de forma transgeneracional, en términos históricos y con perspectivas que abarcan más que la duración de nuestra propia vida.
Los ecologistas popularizaron el dicho de que el planeta no es una herencia de nuestros padres sino un préstamos que nos hacen nuestros hijos. Y diría lo mismo de la humanidad y también de la economía que es la sabia que alimenta el progreso social y cultural.
Desde Milton Friedman - premio Nobel por una teoría económica que nos ha llevado a la crisis - y su defensa de una ética egoísta e inmoral, se ha argumentado que los accionistas tienen toda legitimidad en succionar el máximo rendimiento de sus inversiones independientemente de cualquier consecuencia sobre la sociedad y sus integrantes. Al considerar que sólo la ley puede poner frenos a esta ambición, Friedman y consortes recluyen la ética en el museo de los recuerdos fósiles. No hay moralidad social, no existe futuro, y el lema de Louis XV de Francia - que preparó la decapitación de Louis XVI - se ha erigido en doctrina: "después de mi, el diluvio".
En unas pocas décadas, hemos migrado de una cultura del esfuerzo y de la unión ante la adversidad a otra basada en el poder y el triunfo personal a ultranza: el hiperindividualismo. El afán hiperindividualista es de tener un mínimo de obligaciones y compromisos, y un máximo de satisfacciones individuales hedonistas. Se trata de una cultura narcisista en la que el individuo persigue su propia exaltación emocional en lo privado y la mínima implicación en la cosa pública. El hiperindividualismo se caracteriza por un vacío interior que se intenta colmar con la acumulación de posesiones materiales, lo que genera el narcisismo colectivo de un grupo de perseguidores de la fama, encantados de su propio desencantamiento.
La (in)cultura hiperindividualista representa la culminación de lo que J.P. Sartre llamaba la Nada: pesimismo existencial que concluye que, si no hay nada después de mi, estoy justificado en quemar el mundo para bailar mejor alrededor de la hoguera.
Frente a los abusos de los parásitos destructores, una solución por las leyes sería una pseudo solución que no podría sino agravar el problema y empeorar el mañana. Un partido de ping pong en el que empresas y legisladores jugasen al gato y al ratón está volcado al parálisis del juego. No son las leyes que han de poner barreras al egocentrismo de teóricos sólo interesados en sacar la mayor tajada de un pastel que mandan a pudrirse, sino la conciencia popular.
Hay que comprender y hacer comprender que el culto al dinero inmediato nos está costando muy caro. Pero maravillados por discursos relumbrones como la bisutería de vídrio, parecemos todos contaminados por el síndrome de Estocolmo. Nos hemos enamorados de los que nos han tomado como rehenes para sus ambiciones personales y nos hemos convertido en sus cómplices.
Sí, ganar dinero por parte de las empresas es legítimo a la vez que benéfico para todos. Pero del mismo modo que enriquecerse robando del bolsillo del vecino no es tolerable, colapsar la economía y arruinar la sociedad para llenar a la vez su ego y sus arcas tampoco es tolerable.
He aquí donde décadas de desinformación cultural y de dominio de la inteligencia financiera por encima de toda sabiduría muestran la capacidad de manipulación de la que es capaz una propaganda bien orquestada. Porque es cierto: los business stars acaparan las portadas de los periódicos y sus apóstoles las cátedras de management.
Y sin embargo, no cabe duda de que lo que necesitamos es un cambio de mentalidad y sólo puede arrancar desde un replanteamiento radical de La Doctrina. Es falso que estamos metidos en una guerra sin piedad en la que sólo puede quedar uno; falso que la desregulación de todos los mercados permitirá a la "mano invisible" que la avaricia de unos cuentos beneficie a todos los que explotan; falso que la pérdida de valores morales es un progreso evolutivo; falso que las tecnologías pueden sustituir la pérdida de rumbo; falso por fin que los humanos van a ganar su libertad y florecimiento convirtiéndose en fervorosos súbditos de un mundo a la Matrix.
La tergiversación de la idea de la "mano invisible" ha permitido el hinchamiento de una burbuja especulativa, y no me refiero a la inmobiliaria. La economía es algo demasiado importante y demasiado serio como para que la dejemos en mano de prestidigitadores financieros, expertos en cocinar esplendorosos soufflés pero que recaen con mucho más ruido.
Desorientados, algunos de preguntan por qué podemos sustituir el glorificado afán del máximo rendimiento financiero de las inversiones. Back to basis: por el esmerado cuidado de que los beneficios nunca superen el crecimiento industrial, del mismo modo que un país que quiere evitar la ruina cuida de que su moneda nunca supere el valor de sus garantías, so pena de reeditar el histórico desastre de los assignats. Debemos optimizar el rendimiento industrial y no maximizar los rendimientos financieros. Debemos humanizar a las empresas porqué el ser humano - y no la maximización a cualquier precio de la cuenta de explotación anual - es el principio y la finalidad de toda creación humana. Las empresas sólo pueden crecer si ayudan a crecer.
Para empezar, todos tenemos que dejar de escuchar a los falsos profetas y librarnos de los terroristas de la economía que nos han tomado de rehén.
Michel, qué reflexión más interesante. Comparto tus ideas. Con mis elecciones y acciones diarias procuro liberarme del síndrome de Estocolmo, pero no es fácil. Tus palabras me han hecho recordar un texto de Humberto Maturana, quien viene este mes a Madrid. "Los seres humanos queremos participar de manera consciente en la continua generación del mundo o de los mundos de convivencia que compartimos con otros, y para hacerlo tenemos que encontrarnos en el mutuo respeto, en el vernos sin prejuicios, sin exigencias en la co-inspiración ética que genera un mundo deseable y digno para todos. Esto es, debemos encontrarnos en el amar que expande la conducta inteligente en un proyecto de convivencia democrática en el que somos personas, no consumidores, no súbditos, no espectadores, no público, no meramente gente". El texto completo: http://matriztica.cl/2010/12/16/%C2%A1el-mundo-va-por-ahi-%E2%80%A6-viene-como-viene-y-nos-avasalla/
gracias Susana. Conozco el texto de Maturana, que por cierto es uno de los principales autores del pensamiento sistémico, del que me considero parte. Entre todos, tenemos que librarnos del síndrome de Estocolmo, lo cual nos lleva a ser actores y también co-predicadores.
Michel, gracias por tu magnífico texto que invita a la reflexión. Esta evolución "aparente" no nos hace progresar, "algo o mucho falla", tal vez una involución, volver a lo básico, como mencionas en tu texto, nos devolvería el timón.
Gracias Mar. Tal vez debamos dejar de adorar a químeras e ídolos de pacotilla para redescubrir valores y sentido.
Estoy contigo, Michel. Sólo sobre una base sólida, las cosas se pueden reconducir.